Noam Chomsky : “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos”,exactamente lo declaró Reagan en 1985 contra Nicaragua

Noam Chomsky y la intervención de EE. UU. en Nicaragua

Extracto del Capítulo 4, “Tiempos Peligrosos”, de su libro “Hegemonía o supervivencia”, del 2003.

He suprimido las citas a pie de página para hacer más fluida la lectura, y recomiendo insistentemente por supuesto acudir a la fuente original para la lectura ampliada sobre tan importante y actual tema de la dominación global de los EE. UU. y su reciente clasificación de Venezuela como “amenaza amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos”, exactamente como declaró Reagan en 1985 contra Nicaragua, lo que fue el anuncio de la agresión continuada que provocó miles de muertes y el eventual cambio de gobierno que, aunque temporal, significó una regresión brutal del desarrollo del país.

Estimo importantísimo leer y difundir esta historia bien documentada del lingüista estadounidense para entender que el desafío que enfrenta la Revolución Bolivariana ante esta amenaza no puede ser banalizado. Quien lo haga es cómplice de la agresión potencialmente mortal del gobierno de Washington contra nuestros compatriotas, es decir, nuestros vecinos, familiares y nosotros mismos, a sabiendas o por ignorancia, y para que no sea por ignorantes, lean y compartan esta información, así como la obra completa de la que extraigo estos párrafos, tal como en 2006 desde la tribuna de la ONU nos recomendó el comandante Hugo Chávez.

Christian van der Dys
@mediaguerrillav
17/03/15

Inicio de los extractos del libro:

“La magia de la diplomacia pública hechizó inmediatamente al Congreso. En octubre, este confirió al presidente autoridad para declarar la guerra “en defensa de la seguridad nacional de Estados Unidos ante la continua amenaza que representa Iraq”. El guión nos suena conocido. En 1985, el presidente Reagan declaró la emergencia nacional, renovada cada año, debido a que “las políticas y acciones del gobierno de Nicaragua representan una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos” . En 2002 los estadounidenses volvían a temblar de miedo, esta vez frente a Iraq. (pág. 32)

Al cumplirse treinta años de la crisis de los misiles, Cuba protestó por un ataque con ametralladora contra un hotel turístico de propiedad hispano – cubana; un grupo de Miami se atribuyó el golpe. La pista de los atentados con bomba en Cuba en 1997, en los que murió un turista italiano, condujo a Miami. Los responsables eran delincuentes salvadoreños que operaban bajo la dirección de Luis (Posada) Carriles y eran financiados desde Miami. Posada, uno de los terroristas internacionales «más notorios, había escapado de una cárcel en Venezuela, donde purgaba pena por la voladura del avión cubano con el apoyo de Jorge Mas Canosa, un hombre de negocios de Miami que presidía la (exenta de impuestos) Fundación Nacional C u b a n o -Americana ( F N C A ) . Posada viajó de Venezuela a El Salvador, donde obtuvo trabajo en la base aérea de Ilopango ayudando a organizar ataques terroristas de Estados Unidos contra Nicaragua, bajo la dirección de Oliver N o r t h . (pág. 125)

T E R R O R I S M O      I N T E R N A C I O N A L      Y      C A M B I O      D E      R É G I M E N     EN     N I C A R A G U A (págs. 139 y ss.)
Resulta instructivo dar una mirada a otra campaña terrorista Internacional para derrotar un “desafío exitoso”: la guerra terrorista contra Nicaragua. El caso resulta particularmente ilustrativo por el tamaño de las campañas terroristas dirigidas a cambiar el régimen, el papel que cumplieron los actuales gobernantes de Washington en su ejecución y la forma como nos fueron presentadas cuando se llevaron a cabo y, ya en retrospectiva, como se transformaron en el seno de la cultura intelectual. El significado del caso es aún mayor por la poca controversia que despierta, a juzgar por los fallos de las más altas instancias internacionales; o sea, la poca controversia que suscita entre quienes tienen un mínimo de compromiso con los derechos Humanos y la legislación internacional. Hay un modo sencillo de calcular el tamaño de esa categoría: determinar cuán a menudo se discuten o mencionan siquiera estos asuntos elementales en los círculos más respetables de Occidente, y en forma más apremiante desde que se redeclaró la “guerra contra el terror” en s – 1 1 . De ese simple ejercicio se pueden sacar algunas conclusiones sobre el futuro, no muy optimistas.

El ataque contra Nicaragua fue una de las prioridades de la guerra contra el terror lanzada cuando la administración Reagan subió al poder en 1981, con la mira puesta más que todo en el “terrorismo auspiciado por el Estado “. Nicaragua era un agente especialmente peligroso de ese mal por su cercanía a nuestro país: “un cáncer aquí mismo, en nuestro continente”, que en forma abierta renovaba las metas de Mein Kampf, como declaró ante el Congreso el secretario de Estado, George Shultz .

Nicaragua estaba armada por la Unión Soviética , que había implantado allí “un centro privilegiado para terroristas y subversivos a sólo dos días” por carretera de Harlingen , Texas, advirtió el presidente; “una daga que apunta al corazón de Texas ” , parafraseando a un ilustre antecesor suyo. Esta segunda Cuba se iba a convertir en “una plataforma de lanzamiento de la revolución a lo largo y ancho de América Latina , en primer lugar,” y luego quién sabe de dónde. “Los comunistas nicaragüenses han amenazado con traer su revolución al propio Estados Unidos ” . Pronto podremos ver “bases militares soviéticas a las puertas de América”, un “desastre estratégico’. A pesar de las inmensas probabilidades en su contra, el presidente informó con valentía a la prensa: ” Me niego a desistir. Recuerdo a un hombre llamado Winston Churchill , que dijo: ‘No desistir nunca. Nunca , nunca, nunca’. Así que no lo haremos”

Reagan declaró una emergencia nacional, puesto que “las políticas y acciones del gobierno de Nicaragua constituyen una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos ” . Cuando explicaba el bombardeo de Libia en 1986, Reagan denunció que ese perro rabioso de Gadafi estaba enviando armas e instructores a Nicaragua “para traer esta guerra aquí, a Estados Unidos ” , como parte de su campaña por “expulsar a Estados Unidos del mundo”. Lo más siniestro era la “revolución SIN fronteras” de Nicaragua, que con frecuencia salía a colación aunque de inmediato se había demostrado que era algo infundado. La fuente fue un discurso del líder sandinista Tomás Borge, donde explicaba que Nicaragua esperaba alcanzar el desarrollo y servir de modelo para otros, que tendrían que recorrer sus propias sendas. La diplomacia pública reaganista transmutó el discurso en un plan de conquista mundial y lo transmitió fielmente a los medios .

Todavía más interesante que las bufonadas de una dirigencia política que buscaba escalar a nuevas cumbres del absurdo y el engaño, es el verdadero contenido del documento sujeto a los manejos del Departamento de Estado. Las palabras de Borge probablemente pudieron sembrar pavor en el corazón de los estrategas reaganistas. Estos entendían muy bien que la verdadera amenaza es un desarrollo exitoso que pueda “contagiar a otros”, reavivando el peligro del triturado experimento de democracia y reforma social de Guatemala, el “desafío exitoso” de Cuba y muchos otros ejemplos, hasta llegar a los tiempos en que la revolución de Norteamérica aterrorizaba al Zar y a Metternich. Había que remodelar esa amenaza en términos de agresión y terror para los fines de la diplomacia pública. En cumplimiento de este cometido el secretario de Estado, Shultz, advertía que “el terrorismo es una guerra contra los ciudadanos ordinarios’ Decía esto mientras aviones de Estados Unidos bombardeaban a Libia y mataban docenas de ciudadanos ordinarios. El bombardeo fue el primer ataque terrorista de la historia programado para la televisión de horario estelar, en el momento exacto en que las grandes cadenas abrían sus noticieros vespertinos, hazaña técnica nada despreciable, dadas las dificultades logísticas. Shultz alertó en particular sobre el cáncer de Nicaragua, pregonando: “Tenemos que cercenarlo . Y no con medidas suaves: “Los acuerdos sonun eufemismo de la capitulación si la sombra del poder no se cierne sobre la mesa de negociaciones”, proclamaba Shultz, condenando a quienes defendían “medios utópicos, legalistas, como la mediación externa, las Naciones Unidas y la Corte Mundial , e ignorando el elemento de poder de la ecuación” .

Washington bloqueó rotundamente estas medidas utópicas, empezando por las gestiones de los presidentes centroamericanos para conseguir una paz negociada para la región a comienzos de los años ochenta. Luego procedió a “cercenar el cáncer” con medidas violentas y, lo que no es sorprendente si se considera la distribución de fuerzas, con un éxito arrollador. Thomas Walker, el principal historiador académico sobre el tema de Nicaragua, señala que en pocos años la guerra terrorista de Washington invirtió el marcado crecimiento económico y el progreso social que siguieron al derrocamiento de la dictadura de Somoza, apoyada por Estados Unidos, y condujo al desastre a la altamente vulnerable economía, de modo que el país logró “el poco envidiable estatus de ser el país más pobre del Hemisferio Occidental” para cuando la administración hubo conquistado todos sus objetivos. Un componente del triunfo, prosigue Walker, fue una mortandad equivalente a 2,25 millones de víctimas en Estados Unidos, en términos relativos de población. Thomas Carothers, historiador y funcionario del Departamento de Estado de la era Reagan , anota que para Nicaragua la mortalidad “per cápita fue significativamente más alta que el número de estadounidenses muertos en la Guerra Civil y todas las guerras del siglo xx sumadas” .

La destrucción de Nicaragua fue una faena de no poca monta. El progreso del país a principios de la década de 1980 fue elogiado por el Banco Mundial y otras agencias internacionales como ” notable” y creador de “una base sólida para el desarrollo socioeconómico de largo plazo” (Banco Interamericano de Desarrollo). En el sector de la salud, el país disfrutó de “una de las más espectaculares mejoras en supervivencia infantil del mundo en desarrollo “(Unicef, 1986). El verdadero cáncer que temían los reaganistas era, pues, grave: la “notable” transformación de Nicaragua podía hacer metástasis en una “revolución sin fronteras”, como predicaba el discurso remodelado luego con fines propagandísticos. Así, era apenas lógico, desde el punto de vista de Washington, erradicar el “virus” antes de que pudiera “contagiar a otros”, que a su vez había que “vacunar” con terror y represión .

Como Cuba , Nicaragua no respondió a la andanada terrorista con bombardeos a Estados Unidos, intentos de asesinato contra la cúpula política y otras medidas similares, que, se nos informa solemnemente, se ajustan a los más excelsos criterios cuando las aplican nuestros líderes. En cambio, buscó amparo ante la Corte Mundial . A la cabeza de su equipo legal estaba el distinguido profesor de Derecho de Harvard Abram Chayes. En la creencia de que Estados Unidos acataría el fallo de un tribunal, el equipo preparó un alegato muy concreto, restringido a actos terroristas que casi ni precisaban argumentación porque ya los admitía la otra parte: el minado de los puertos de Nicaragua, en particular.

En 1986 la Corte falló a favor de Nicaragua, desestimando losalegatos estadounidenses y condenando a Washington por el “uso ilegal de fuerza”; o terrorismo internacional, en términos profanos. El fallo del tribunal fue más allá del reclamo concreto de Nicaragua. Reiterando más enérgicamente resoluciones anteriores, la Corte declaró “prohibida” toda forma de intervención que interfiriese con el derecho soberano de “elección de un sistema político, económico, social y cultural, y la formulación de políticas”: la intervención es “ilegítima cuando emplea métodos de coerción sobre estas opciones”. La sentencia se aplica a muchos otros casos. La Corte, asimismo, definió explícitamente la “ayuda humanitaria”, declarando que toda ayuda estadounidense a los Contras era militar en sentido estricto y por lo tanto ilegal. También dictaminó que la guerra económica de Estados Unidos entraba en violación de tratados vigentes y era, en fin, ilícita.

La decisión tuvo pocos efectos perceptibles. La Corte Mundial fue tachada de “foro hostil” por los editorialistas de The New York Times; e irrelevante, por consiguiente, como la O N U . Juristas connotados por su defensa del ordenamiento mundial rechazaron el fallo con el argumento de que Estados U n i d o s “necesita la libertad de defender la libertad” (Thomas Franck), tal como hacía al arrasar a Nicaragua y gran parte de América Central . Otros acusaron a la Corte de tener “estrechos vínculos con la Unión Soviética ” (Robert Leiden, The Washington Post), censura indigna de una refutación.

La posterior ayuda a los contras se siguió describiendo uniformemente como “humanitaria”, en violación de la sentencia explícita de la Corte. El Congreso aprobó de inmediato una adición de cien millones de dólares para intensificar lo que la Corte había llamado “uso ilegal de fuerza”. Washington continuó socavando estos “medios utópicos y legalistas” hasta que al fin logró sus objetivos mediante la violencia.

La Corte Mundial ordenó, además, a Estados Unidos el pago de indemnizaciones, y Nicaragua buscó un valor estimativo bajo supervisión internacional. Los cálculos oscilaban entre los diecisiete y los dieciocho mil millones de dólares. Desde luego, el pedido de compensaciones fue tildado de ridículo, aunque, por si acaso, cuando Estados Unidos recobró el control, presionó arduamente al gobierno de Nicaragua para que abandonara todo reclamo de las indemnizaciones prescritas por la Corte. Curiosamente, la cifra de diecisiete mil millones de dólares es la cantidad pagada por Iraq a compañías
y personas naturales en compensación por la invasión de Kuwait. El número de muertos en la conquista iraquí de Kuwait parece ser del orden del de la invasión estadounidense a Panamá unos meses antes (entre cientos y miles, según diversos cálculos), una fracción apenas de las muertes en Nicaragua y acaso el 5 por ciento de los muertos en la invasión israelí al Líbano apoyada por Estados Unidos en 1982. En tales casos no se piensa, por supuesto, en indemnizaciones.
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Tras el desacato estadounidense de las órdenes de la Corte Mundial, Nicaragua, absteniéndose todo el tiempo de la retaliación violenta o la amenaza del terror, llevó su caso ante el Consejo de Seguridad, que corroboró el fallo de la Corte y pidió a todos los países que respetaran el derecho internacional. Estados Unidos vetó la resolución. Nicaragua acudió entonces a la Asamblea General, que aprobó una resolución del mismo tenor, con la sola oposición de Estados Unidos, Israel y El Salvador: y otra el año siguiente, sólo con Estados Unidos e Israel en contra. Poco de esto fue noticia siquiera y el asunto se esfumó para la historia.

La respuesta de Washington a las disposiciones de la Corte Mundial y el Consejo de Seguridad consistió en intensificar la guerra terrorista al tiempo que daba instrucciones a sus fuerzas de que atacaran “objetivos vulnerables” y esquivaran al Ejército nicaragüense . El vocero del Departamento de Estado, Charles Redman, confirmó y justificó los nuevos y ahora más extremistas programas de terrorismo en un comunicado “digno del Ministerio de la Verdad de George Orwell ” , como denunció Americas Watch, añadiendo que la idea de Redman de un “objetivo legítimo” justificaría atentados contra las colectividades de Israel, para no hablar de blancos civiles estadounidenses.

Michael Kinsley, director de New Republic. criticó a las organizaciones de derechos humanos por ponerse demasiado emotivas con las justificaciones que el Departamento de Estado daba de los ataques terroristas contra “objetivos vulnerables”. En vez de eso, aconsejaba, deberíamos adoptar una “política razonable [que pase] la prueba de un análisis costo-beneficio”, un análisis de la ” cantidad de sangre y desdichas que se viertan por una punta y la probabilidad de que la democracia emerja por la otra”: la “democracia” tal como la entienden las élites estadounidenses, una noción que tiene ejemplos
clarísimos en la región. Se da por descontado que ellas tienen derecho a efectuar el análisis y realizar el proyecto si pasa sus pruebas.

Y sí que pasó sus pruebas. En 1990, “con un arma apuntando a sus cabezas’, [como] fue claro para muchos observadores imparciales” (Walker), los nicaragüenses sucumbieron y votaron para hacer entrega del país al candidato apoyado por Estados Unidos . Las élites norteamericanas celebraron el triunfo, cautivadas con la nueva “edad romántica”. Comentaristas de todos los matices de opinión respetable celebraron con entusiasmo el éxito de los métodos empleados para “destruir la economía y adelantar una larga y mortífera guerra por delegación hasta que los exhaustos nacionales derroquen ellos mismos al gobierno indeseado”, con un costo “mínimo” para nosotros, dejando “puentes destruidos, centrales eléctricas saboteadas y predios arrasados” a las víctimas, para así dotar al candidato de Estados Unidos de un “tema ganador”: acabar con el “empobrecimiento del pueblo de Nicaragua ” (revista Time). Estamos “unidos en la alegría” de estos resultados y orgullosos de esta “victoria del juego limpio de Estados Unidos ” , como pregonaban los titulares de The New York Times.

La política oficial de atacar objetivos vulnerables dependía del control norteamericano de los cielos de Nicaragua y los sofisticados equipos de comunicación proporcionados a las fuerzas terroristas que hacían incursiones desde bases de Estados Unidos en Honduras. La administración Reagan ensayó la técnica que el jefe de la Cia, Alien Dulles, alabó en Guatemala y recomendó para Cuba: presionar a los aliados para que negaran las peticiones de ayuda militar, de tal manera que Nicaragua recurriera a los rusos en busca de ayuda y así se la pudiera dibujar como un tentáculo de la conspiración auspiciada por el Kremlin para destruirnos. Sin embargo, el gobierno de Nicaragua no mordió el anzuelo. La propaganda reaganista pasó entonces a inventar cuentos tétricos de aviones MIG soviéticos que desde las bases de Nicaragua ponían en peligro a Estados Unidos. Eso no es sorprendente: uno espera que los sistemas de vasto poderío se dediquen a la mentira y el engaño. Pero las reacciones sí fueron muy dicientes. Los halcones clamaron por un bombardeo a Nicaragua para castigar su nuevo crimen. Las palomas tendieron a ser más cautelosas, poniendo en tela de juicio la fiabilidad de las acusaciones pero añadiendo que de ser ciertas, tendríamos que bombardear a Nicaragua, pues los aviones tendrían “capacidad contra Estados Unidos ” (senador Paul Tsongas). La seguridad del país correría peligro si la Fuerza Aérea de Nicaragua obtenía unos antiguos MIG de los años cincuenta para defender su espacio aéreo. Por otro lado, la seguridad de Nicaragua no corría ningún peligro cuando las fuerzas apadrinadas por Estados Unidos atacaran blancos civiles indefensos bajo la dirección de los aviones norteamericanos que dominaban sus cielos. Otro ejemplo de “ilogismo lógico”.

Que Nicaragua pudiera tener derecho a proteger su espacio aéreo del sostenido ataque terrorista de Estados Unidos era poco menos que inconcebible. La idea prácticamente nunca se enunció; lo que también resulta explicable, dado el principio de que las acciones de Estados Unidos son defensivas por definición, de tal forma que toda reacción a ellas es una agresión, por el estilo de la “agresión interna” de los pobladores de Vietnam del Sur, que “asaltaban” a los defensores estadounidenses “desde dentro”, en la retórica de los liberales de la era de Kennedy.

Restauradas la democracia al estilo de Washington y las prácticas económicas apropiadas, el país se hundió todavía más en la ruina política y socioeconómica, mientras la atención iba languideciendo en Estados Unidos. Una década después de que este último recobrara el control, la mitad de la población económicamente activa había salido de Nicaragua, “con frecuencia los más arriesgados, los más capaces, los más resueltos”, ya fuera legalmente o como trabajadores emigrantes ilegales. Sus remesas, estimadas en unos ochocientos millones de dólares al año, “sostienen cerrada la compuerta de un levantamiento social incontenible”, como informó la revista de investigaciones de la Universidad Jesuíta. También calculaba esta que “el producto interno bruto de Nicaragua tendría que crecer a una tasa del cinco por ciento anual durante los próximos cincuenta años para volver a los niveles de producción de 1978, antes de que nuestro histórico subdesarrollo se agravara en extremo por la guerra financiada por Estados Unidos para acabar con la revolución”, por los estragos que produjo la subsiguiente “globalización” y por la “corrupción masiva ” de los gobiernos posteriores a 1990 apoyados por Estados Unidos . Ese número de la revista apareció justo cuando Estados Unidos era víctima de la primera atrocidad terrorista internacional en suelo patrio.

Otro ejemplo notable de las actitudes imperantes sobre el terrorismo es la advertencia que hicieron unos meses después algunos funcionarios de la administración Bush de que Nicaragua sería sancionada si en las elecciones de noviembre de 2002 ganaba la fuerza política que había osado oponer resistencia al ataque estadounidense, el FSLN, dejando así de “compartir los valores de la comunidad mundial”. Washington “no puede olvidar que Nicaragua acabó siendo un refugio de extremistas políticos violentos” en los años ochenta. H a y algo de verdad en eso: Managua en efecto brindó refugio a líderes políticos socialdemócratas, poetas y escritores, destacadas figuras religiosas, activistas de derechos humanos y otros que huían de los escuadrones de la muerte y las fuerzas de seguridad de Estados terroristas implantados y respaldados por Washington, tal como en los años treinta París se convirtió en refugio de quienes escapaban del fascismo y el estalinismo. Se nos “recuerda [el refugio] día tras día con la continuada figuración de algunos miembros de la cúpula del FSLN (…) que perpetraron estas abominaciones”, advertía el Departamento de Estado a los votantes nicaragüenses. ” En vista de sus antecedentes, ¿cómo podemos creer sus afirmaciones de que han cambiado? (…) Confiamos en que el pueblo de Nicaragua meditará sobre el carácter e historia de los candidatos y hará unasabia elección” . Los nicaragüenses no necesitaban advertencias. Les bastaba con la historia para saber que si se portaban mal y elegían el gobierno equivocado, como hicieron en 1984 en unos comicios que Estados Unidos se negó a validar por cuanto no pudo controlar los resultados (y que por ende fueron tachados de la historia) , entonces Nicaragua volvería a ser considerada una nación amiga del terrorismo, con las sanciones consiguientes, que no son poca cosa.

Citando las cínicas advertencias de Washington, los redactores de la revista Envío observaron que ” la apuesta segura es que quienes se alzaron en armas cuando el terrorismo de Estado [de Estados Unidos] mataba, torturaba, hacía desapariciones forzosas y cerraba todos los espacios políticos, ahora serán reclasificados como terroristas”. La “impensable y excepcional tragedia del 11 de septiembre seguramente se sintió como el fin del mundo (…) en el país señalado como objetivo”, comentaban los redactores. Pero ” Nicaragua padece el fin del mundo casi todos los días [tras] la destrucción que el gobierno norteamericano ha desatado repetidas veces sobre este país y sus gentes”. Las atrocidades de s-11 pueden ser tildadas de ” Apocalipsis”, pero los nicaragüenses recuerdan que su país ” vivió su propio Apocalipsis en una lacerante cámara lenta [bajo el asalto norteamericano] y ahora está hundida en su triste secuela”, habiendo sido reducida a ser el segundo país más pobre del hemisferio (después de Haití), compitiendo con Guatemala por la distinción, a la vez que disfruta del que puede ser el récord mundial de concentración de la riqueza .

Entre los victoriosos todo esto fue borrado a la manera clásica. Nicaragua y El Salvador son recordados como “historias de relativo éxito, precisamente el tipo de historias exitosas que nos hacen falta en el Medio Oriente”, cosa que será remediada con la nueva cruzada por la “democratización” . Uno estaría en aprietos para encontrar una sola frase de un comentarista de los principales medios que insinúe que el historial de terrorismo internacional de algunos funcionarios actuales del gobierno de Bush podría tener alguna influencia en la “guerra contra el terror” que redeclararon en s-11.

Entre los principales cabecillas de la guerra redeclarada está John Negroponte, quien estuvo a cargo de la Embajada en Honduras, la cual sirvió de base central para los ataques terroristas contra Nicaragua. Fue escogido apropiadamente para supervisar en Naciones Unidas el ingrediente diplomático de la presente fase de la guerra contra el terror. Al mando del ingrediente militar está Donald Rumsfeld, quien fue enviado especial de Reagan en el Medio Oriente en sus peores días de terror y también delegado para estrechar lazos con Saddam Hussein. La “guerra contra el terror” de Centroamérica fue supervisada por Elliot Abrams. Tras declararse culpable de delitos menores en el caso Irán-Contras, Abrams recibió un perdón navideño del presidente Bush I en 1992 y fue nombrado por Bush II “para dirigir la oficina del Consejo Nacional de Seguridad para asuntos del Medio Oriente y África del Norte (…) el cargo de director principal [que] supervisa las relaciones árabe-israelíes y los esfuerzos de Estados Unidos por promover la paz en la agitada región” , frase esta sacada de Orwell, a la luz de lo sucedido. A Abrams se le une Otto Reich, acusado de haber dirigido una campaña ilegal y clandestina de propaganda interna contra Nicaragua, nombrado temporalmente subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos bajo Bush II y designado más tarde como enviado especial para asuntos del Hemisferio Occidental. En reemplazo de Reich como subsecretario, la administración nombró a Roger Noriega, quien “se desempeñó en el Departamento de Estado durante la administración Reagan, ayudando a trazar políticas de un anticomunismo virulento para América Latina”; en traducción, barbaridades terroristas .

El secretario de Estado, Powell, que ahora es presentado como un moderado dentro del gobierno, sirvió como consejero de Seguridad Nacional durante la etapa final de terror, atrocidades y entorpecimiento de la diplomacia en los años ochenta en Centroamérica, y como apoyo al régimen de apartheid de Sudáfrica. Su antecesor, John Poindexter, estuvo a cargo de las fechorías del caso Irán-Contras y en 1990 recibió cinco condenas por delitos mayores (anuladas en su mayoría por minucias técnicas). Bush II lo puso a cargo del Programa de Conciencia Informativa Total del Pentágono, bajo el cual, como hace ver la Unión Estadounidense para las Libertades Civiles ( A C L U , por sus siglas en inglés), “cada estadounidense, desde el granjero de Nebraska hasta el banquero de Wall Street, se encontrará bajo la cibermirada acusatoria de un aparato de seguridad nacional todopoderoso” . Los demás personajes en la lista son bastante parecidos.

Los nicaragüenses fueron los más afortunados en la primera fasede la “guerra contra el terror”. Ellos al menos tenían un ejército que los defendiera del terrorismo auspiciado por el Estado. En los países vecinos las terroristas eran las fuerzas de seguridad. A mediados de la década de 1980, El Salvador se convirtió en el principal receptor de ayuda y adiestramiento militar de Estados Unidos (aparte de Israel y Egipto), cuando las atrocidades alcanzaban su punto más alto. El Congreso impuso cláusulas de derechos humanos a la ayuda para Guatemala, obligando a los reaganistas a recurrir a su red internacional de terrorismo para que asumiera la tarea, incluidos neonazis de Argentina (hasta que en su país los derrocaron), Israel, Taiwán y otros peritos en “contraterrorismo”. La tortura y exterminio de la población civil fueron por consiguiente mucho peores.
Los redactores de Envío agregan que en diciembre de 1989 “el gobierno de George Bush padre ordenó la invasión a Panamá, una operación militar que bombardeó barrios civiles y mató miles de panameños con el único fin de hostigar a un solo hombre, Manuel Noriega. ¿No fue eso terrorismo de Estado?”. La pregunta es justa, aunque se habla en términos mucho más fuertes cuando quienes carecen del poder de controlar la historia llevan a cabo ese tipo de acciones.
Aunque los triunfadores los “desaparecen” en forma rutinaria las víctimas no olvidan estos crímenes. También los panameños mientras condenaban los ataques de s-11, rememoraban la muerte de quizás miles de personas pobres durante la operación Justa Causa, emprendida para secuestrar a un matón desobediente que fue sentenciado a cadena perpetua en la Florida por delitos cometidos principalmente cuando estaba en la nómina de la C I A . Un periodista comentaba: “qué parecidas son [las víctimas de
s-11] a los niños y niñas (…) a las madres y abuelos y abuelitas, inocentes también todos ellos (…) [cuando al] terror lo llamaban Justa Causa y al terrorista se le decía libertador”.

Tal vez estos recuerdos den cuenta del bajísimo nivel de apoyo internacional al bombardeo de Afganistán por Estados Unidos. En Latinoamérica, donde se tiene la experiencia más larga de violencia propiciada por Estados Unidos, el apoyo fue mínimo, casi imperceptible. Carlos Salinas, antiguo director de relaciones gubernamentales de Amnistía Internacional, no necesita recordarles a los latinoamericanos que “ellos saben mejor que casi todo el mundo que el gobierno estadounidense es uno de los mayores patrocinadores del terrorismo” .

Es fácil menospreciar al mundo por “irrelevante” o porque lo consume un “antinorteamericanismo paranoide ” , pero tal vez no es sabio.

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